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viernes, 24 de diciembre de 2010

“Hildebrandt en sus trece”, 10 de diciembre. Sobre Vargas Llosa



Me temía. Sabía -no me pregunten por qué- que Mario Vargas Llosa, con el soñado Nobel ya en la mano, iba a convertirse en el magno portavoz de quienes cortan el jamón. Es decir, que sin las prudencias que mantenía para no enemistarse con los jurados progres de la Academia Sueca. Vargas Llosa se despojaría de remilgos y de coquetas máscaras y aparecería, por fin, como lo que es: uno de los más talentosos escribidores del sistema mun­dial de dominación.
Y allí está su discurso en Estocolmo: una pieza que la Rand Corporation hubiese aprobada, Ronald Reagan aplau­dido y Benjamín Netanyahu celebrado hasta el delirio.
Vargas Llosa ha condenado al terrorismo, pero sólo a una de sus versiones: la islámica, esa respuesta salvaje y repudiable a tantos años de abuso y dominación. Ni una sola mención al terrorismo de Estado: ni al de los Estados Unidos –extendido de modo planetario como una metástasis de la estupidez– ni al de su filial israelí, concentrado en una diminuta franja a la que le llueven, cada vez que el gobierno de Tel Aviv lo considera nece­sario, balas de uranio empobrecido, bombas de racimo, fósforo ardiente.
Vargas Llosa lo ha dicho con todas sus letras: “Defen­damos la democracia liberal”. ¡Qué franqueza y qué va­cuidad de frase!
O sea que el escritor que ha pregonado siempre que la literatura enmienda a la realidad, postula, al mismo tiempo, desde su flamante Olimpo. la resignación ante lo que considera insuperable: LA DEMOCRACIA LIBERAL (las mayúsculas son mías, pero interpretan el énfasis vargasllosiano).
Porque, dejémonos de monsergas: ¿Qué es la democracia liberal? ¿La de Estados Unidos, donde si quieres mejorar la salud pública dándosela a quienes no están cubiertos tienes que enfren­tar a un ejército de analfabetos cívicos encabezados por Sarah Palin, ejército que, al final, paraliza o esteriliza tus proyectos? ¿O la de Chile, que nació en el mar de san­gre de Pinochet y continúa hoy con un enorme grado de desigualdad y con el desconocimiento de los derechos mapuches? ¿O la del Perú, parida en el golpe de Estado de Fujimori y ahondada hoy por un farsante, con quien Vargas Llosa se ha amistado, que dice que la plata viene sola cuando la verdad es que viene acompañada de una licitación, una ley a domicilio, o una gran concesión frau­dulenta, y que añade que si Humala gana las elecciones él promoverá un golpe de Estado? ¿Esa es la democracia liberal por la que debemos, como caballeros andantes, luchar hasta morir?
¿La democracia liberal es la del cómico Menem o la del trágico Lobo? ¿La de Sarkozy –ese Petain sin bata­llas–, o la de Berlusconi, ese Casanova sin gracia? ¿O la de Rodríguez Zapatero, ese señor que acepta que los esta­dounidenses usen las pistas de aterrizaje de España para sus vuelos con carga humana clandestina? Vargas Llosa callaría si alguien le pidiera precisiones. Pero no calla lo que su astucia y su vanidad le dictan -astucia para congraciarse con los grandes mercados y vanidad para erigirse en voz de una muy supuesta conciencia mundial–. Por eso usa groseramente el podio del Nobel para condenar la dictadura de Cuba y los “populismos payasos” que se le parecen. Y menciona a Venezuela, Nicaragua y Bolivia. ¿Cómo se puede caer tan bajo en la ceremonia de lectura oficial de un discurso por el premio Nobel? ¿Qué derecho puede esgrimirse para ese vertido de insultos? ¿Y si hay po­pulismos payasos no habrá también corretaje de nove­listas?
Una cosa es segu­ra: esas frases de callejón también las habrían fir­mado Condoleeza Rice y la Fox News.
Y luego, ironizando respecto del nacionalismo, otro asunto que le inflama la vejiga, Vargas Llosa habla de “los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos”. No es la única frase huachafamente esdrújula de ese texto leído en Suecia.
Fueron muchas, la verdad. Aquí va otra: “las noches estrelladas de esa tierra caliente”. Y aquí otra, en alusión a la dramaturgia: “Otra de sus formas excelsas (de la literatura)”. En fin, dio la impresión de que Vargas Llosa había escrito ese discurso pensando, casi como un escolar, en frases sonoras mucho más que en ideas nutritivas.
Lo que creo que pasó es que Vargas Llosa no enten­dió que no lo estaban premiando por su militancia de libertario falaz y pistón ideológico del viejo Occidente. Ni entendió que el galardón no se lo estaban dando al feroz defensor de lo establecido. Ni se enteró de que los discursos del Nobel suelen tener moderación, elegancia y un cierto ecumenismo.
A Vargas Llosa se le salió el cursi arequipeño­limeñísimo que lleva adentro. Y no hablo del llanto que interrumpió su discurso –llanto legítimo, comprensible y hasta conmovedor–. Hablo de su impertinencia para pontificar, en un escena­rio inadecuado y desde ese sectarismo conservador que hace años lo esclaviza, repitiendo los lugares comunes del Tea Party y haciéndose eco de las sobras de Francis Fukuyama. Hablo de la pena de haber desperdiciado una gran oportunidad para que el escritor que admiramos nos dijera qué piensa del porvenir del libro, de la literatu­ra industrial, del angosto terreno que le ha quedado a la poesía, del éxito como enemigo moderno de la calidad y la locura creadora, de la mafia de las editoras.
Hace muchos años, como creo haber dicho, fui un lector febril de Vargas Llosa. Ahora que estoy leyendo El sueño del celta compruebo que esa antigua admira­ción ha muerto. No me gusta en qué escritor se ha con­vertido Vargas Llosa: lineal como un durmiente, cuerdo como una cena de negocios, eficaz como una mano de pintura. Tampoco me gusta qué personaje ha llegado a ser Vargas Llosa: tan narcisista que le cuenta a la Acade­mia cómo cambió el pantalón corto por el largo, cómo empezó a declararse a las chicas y cuánto odia la plaga del nacionalismo (aunque vive en una Europa que prac­tica la xenofobia, una suerte de nacionalismo masivo y federado).
¿Dónde quedó el escritor del desacato que alguna vez habló en la entrega del premio Rómulo Gallegos? ¿Dón­de el intelectual que luchó por la libertad de Heberto Pa­dilla –el gran poeta que el estalinista Fidel Castro mandó encarcelar– pero que no era ni quería ser un funcionario intelectual de los usurpadores de Guantánamo? ¿Dónde está el Vargas Llosa que quisimos tanto? Nadie lo sabe. Ni él mismo.
Lo que sí sé, conociendo algunos aspectos de la pareja, es que el Vargas Llosa reaccionario hasta la hipérbole que habló en Estocolmo es el Var­gas Llosa que durante años, a punta de paciencia, truenos y dulzuras, moldeó para sí Patricia Llosa de Var­gas Llosa. Por ratos tuve la idea insensata de que el Nobel se lo debieron dar a ella.
Aquí en Lima, por supuesto, la corte de aduladores im­pávidos del escritor se deshizo en elogios. Lima, como se sabe, es una ciudad virreinal.

Dio su discurso entre lágrimas y ovaciones

http://www.larepublica.pe/archive/all/larepublica/20101208/1/01/todos

Durante 48 minutos, el escritor peruano pronunció su discurso oficial ante la Academia Sueca, a tres días de recibir el máximo galardón de las letras mundiales.
Pedro Escribano
Enviado especial a Estocolmo


El auditorio de la Academia Sueca estaba lleno. Aquellos que, adelantándose a la hora, creyeron llegar temprano, en realidad llegaron tarde. Ya no había cupo en las primeras sillas y no les quedó otra que ubicarse en las últimas. Pero todos estaban ávidos, esperaban la presencia de Mario Vargas Llosa, quien, como estaba programado, daría lectura a su discurso como Nobel, Elogio a la lectura y la ficción, a las 5 y 30 de la tarde.

El lugar se había convertido en un centro de peregrinación, porque hasta allí llegaron, como convocados por un fanatismo religioso, familiares, amigos, periodistas desde todos los confines del mundo para escuchar al gran fabulador de La guerra del fin del mundo.

Más de uno tuvo un percance para llegar al Museum de la Academia. Para la ocasión, nos habían pedido usar terno oscuro y, naturalmente, usar zapatos llanos.

Así, para algunos invitados y cronistas, llegar al museo fue una verdadera prueba de equilibrio (los taxis son escasos y casi no se detienen en la calle). La nieve suele ser traicionera y no pocos, nos incluimos, rodamos al suelo.

Pero otros, como Lucho y su esposa Roxana Valdivieso, se dieron el susto de su vida. Ellos estaban en el Museum de la Academia, pero sus hijos, que hace buen rato habían tomado un taxi y debían haber llegado, no llegaban. Desesperada, cómo no, Roxana estaba al borde del llanto.

Argüía que como los taxistas no conocen el lugar, como había ocurrido con ellos, probablemente los habían llevado a otro sitio.

Pero menos mal que no pasó de un susto. Después los vimos en calma. Y es que las circunstancias en estos grandes eventos siempre se hacen más notorias. Por ejemplo, días antes, el ministro de Cultura Juan Ossio había llegado a Estocolmo y sus maletas se habían “perdido” en el viaje.

A propósito de ello, no faltó quien, como Raúl Vargas, a manera de broma, quería leer un titular  como “Ministro calato se refugia bajo un puente de Estocolmo”. Pero curioso, a Vargas le había ocurrido casi lo mismo. Llegó él y sus maletas, impuntuales, llegaron un día después. Él dice, solo se demoraron, no se perdieron.

La hora del discurso

Pero volvamos al rito del Nobel. Los invitados y acreditados seguían llegando. De pronto, se hizo un espacio y una dama en una silla de ruedas se abría camino. Era Carmen Balcells, la agente literaria, la Mama Grande de los escritores del boom. También estaba allí José Miguel Oviedo, crítico literario. Asimismo, el pintor Fernando de Szyszlo, Pedro Cateriano, Rosario Chocano, las secretarias del Nobel, Rosi Bedoya y Lucía Miranda, solo por citar algunos.

Por los altoparlantes anunciaron que estaba completamente prohibido hacer cualquier grabación y, además, se hizo el pedido de siempre que se hace en las ceremonias y casi nunca se cumple, apagar los celulares. Esta vez ocurrió el milagro. Pero no falto quien, audacia es el juego, tomaba fotografías. Un vigilante se le acercó y por poco, con siglos de cortesía y civilidad sueca, lo invita a salir. Otros, discretos, apagaron sus pequeñas cámaras fotográficas.

Una cascada de aplausos anunció la presencia del Nobel peruano. El reloj marcaba las 5 y 30 de la tarde. Vestía un terno oscuro, camisa celeste acerada y una corbata azul. Sereno, tomó asiento, mientras que el secretario perpetuo de la Academia decía: Señor Mario Vargas Llosa, es un honor tenerlo aquí como Nobel.

El Nobel agradeció la recepción y, sin más, inició la lectura de su discurso. En los primeros párrafos recordó sus años de infancia y sus primeras lecturas. El discurso fluyó como río y todos los presentes, atentos, meditaban, es decir, como que bebían a sorbos la vida del escritor, porque de eso se trataba  Elogio a la lectura y ficción, un texto que sintetizaba al escritor y al ciudadano, a su vida y a su obra.

Como siempre, quebró lanzas por la literatura. Confesó que la experiencia más importante de su vida fue cuando aprendió a leer. Y que escribir, sin duda, le ha ayudado a vivir.

También arremetió contra los fanatismos, nacionalismos y dictaduras y abogó para que el Perú, como en la década pasada, no sucumba ante un golpe de Estado.

Los amores


Pero también fue una ocasión para reafirmar sus amores, por el Perú, España y Francia (leer el discurso en esta edición).

Y hablando de amores, Vargas Llosa sorprendió al auditorio cuando le confesó su amor a su esposa Patricia Llosa: “El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir”, emocionado.

Finalmente, reconoció que ella se toma todo el trabajo para que él esté libre para la escritura. “Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas”, contó.

La clave

Artífice. Mario Vargas Llosa también se refirió a su agente literaria Carmen Balcells, artífice de su exitosa carrera literaria en España. Balcells, que se encontraba presente, en su silla de ruedas, comentó sobre el discurso: “Magistral. Mario representa en este momento la cabeza más preclara de todo el mundo, en cualquier lugar e idioma, es un intelectual completo”. Sobre el homenaje que le hizo, la agente dijo que, oírlo, había sido “la mejor manera de terminar su vida”.

Patricia Llosa: “Es un privilegio estar con Mario”

La otra protagonista de la tarde de ayer fue, sin duda, Patricia Llosa, “la prima de naricita respingada y carácter indomable”, la mujer con la que Mario Vargas Llosa comparte su vida desde hace 45 años.

Por ella, el escritor convirtió la tribuna del Nobel en un homenaje amoroso. La arequipeña que estaba sentada en primera fila, secándose una lágrima emocionada, quedó sorprendida cuando su marido la mencionó en su discurso.

Luego de la ceremonia, Patricia solo atinó a hacer un breve comentario: “Fue muy emocionante. Para mí es un privilegio estar con él. Hasta ahora lloro, por eso no hablo”, dijo.

“Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien”, dijo en un momento el escritor con una ternura que rebasaba la formalidad de la ceremonia.

Fue su hijo Álvaro Vargas Llosa quien se explayó sobre el inusual gesto: “Hacer ese homenaje a mi madre y a la familia me pareció valiente, no es muy común en una tribuna de esta índole”, detalló.

Pero Mario también se permitió una pincelada de humor hacia la mujer que ama: “(Patricia) es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: ‘Mario, para lo único que tú sirves es para escribir’”, contó, infidente y travieso, ante la sonrisa de los presentes, pero con un conmovedor quiebre en la voz.

Un Premio Nobel también se resfría

La ciudad sueca de Estocolmo se encuentra bajo un velo blanco y con temperaturas que bordean los seis grados centígrados bajo cero.

Salvo una excepción, ni el frío, ni la nieve, ni las aceras resbaladizas detienen la efervescencia de los peruanos que acompañaron al premio Nobel en esta semana de festejos.

La excepción fue el propio Vargas Llosa, quien, a pesar de su maestría literaria y su imponente figura ante el mundo, se vio afectado en la garganta por las bajas temperaturas, y, lo que es más curioso, sufrió una caída en el resbaladizo piso cuando un fotógrafo le pidió un movimiento singular.

Estos contratiempos fueron superados a tiempo y con un poco de asistencia médica, según cuenta su esposa Patricia, y el flamante escritor estuvo listo para conmover al mundo con un discurso que dejará huella.